tareas para el verano

Normalmente el verano suele ser un momento propicio para descansar y dejar de hacer cosas. Desconectar de lo cotidiano y abrirse a nuevas experiencias o simplemente dejar pasar el tiempo sin más. En mi caso me lo he planteado como un momento para la reflexión, tanto en el plano personal como en el estrictamente profesional: echar la vista atrás, analizar los trabajos realizados, con sus aciertos y desaciertos, y plantear soluciones alternativas a partir de mis conocimientos actuales e intentar extraer conclusiones que me permitan no repetir los errores cometidos. En el terrero personal, creo que he tenido diversas interacciones que me han abierto aun más los ojos y que me hacen ver más claro la gente que merece un poco la pena (aunque no os nombre, casi todos sabéis quiénes sois, así que muchas gracias a vosotros) y la gentuza nauseabunda que denigra la palabra FÓTOGRAFO, la arrastra por los suelos y la utiliza con intereses espurios (de éstos cada día hay más, desgraciadamente).

Como tarea autoimpuesta la revisión de una serie de fotografías hechas hace varios años, para poder ver si realmente he conseguido realizar un cierto avance. El resultado es relativamente satisfactorio, pero lejos de caer en un estéril autoadulamiento debe servirme de acicate para aprender y mejorar todavía mucho más. El camino es largo para poder denominarme FOTÓGRAFO (así, en mayúsculas y con todo lo que conlleva) pero voy a poner todos mis empeños para recorrerlo y disfrutar a lo largo del tránsito.

El objetivo es que todo ello sirva de impulso para ir hacia adelante, afrontar nuevos retos y trabajos interesantes, siempre en busca de la novedad, de la sorpresa continua, de conocer a profesionales dinámicos y a los que realmente les guste el mundo de la fotografía y su magia, dejando atrás la mediocridad, el aburrimiento, el estatismo y a los advenedizos e indeseables que desgraciadamente encuentras, cada vez en mayor número, en todos los lados, aquellos que sólo hacen fotos para demostrar lo “guays” y geniales que son, que no creen en nada ni en nadie, que desconocen palabras como autocrítica y humildad, que carecen de principios, salvo el propio y exclusivo interés (normalmente ajeno al mundo fotográfico), y que sufren de una enfermiza autocomplacencia. Son como los mejillones cebra, están ahí y estarán, no hay remedio, pero por sus palabras y por sus actos serán reconocidos y arrinconados. Más pronto o más tarde. Por mi parte creo que lo mejor es ignorarles, por lo que me gustaría acabar este comentario con esta pequeña reflexión:

Fuera fantasmas.
Abramos las ventanas
y dejemos correr un aire renovador.
El futuro nos espera.

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